“Solaris” (Stanislaw Lem)
Solaris es una novela de Stanislaw Lem, considerada por muchos no sólo la obra maestra del autor, sino quizá el mayor exponente de la CiFi europea de todos los tiempos. Escrita en 1961, fue llevada al cine por Andrei Tarkovsky en 1972 (cinta comparada innumerables veces con el 2001 de Kubrick, y a veces presentada como “la respuesta soviética”) y por Steven Soderbergh en 2002. Ha dado, además, nombre a un sistema operativo (que conozco, perteneciente a la familia *nix) de Sun Microsystems, y a un video juego de la consola Atari 2600 (que también poseo). ¿Qué tiene esta novela para haberse infiltrado de esa forma en la cultura popular?
Nombre: Solaris
Género: CiFi
Autor: Stanislaw Lem
Páginas: 218
Año: 1961
Editorial: Minotauro
Índice EVOL: 9
Hablar de Solaris sin hablar de 2001 o de la versión cinematográfica de Andrei Tarkovsky es no terminar de contar la historia. Pero las comparaciones (que por definición, son odiosas, e incluso ociosas) no pueden hacerse en pie de igualdad si no quitamos todos los elementos supérfluos. De todo esto hablaré más adelante.
Solaris trata de una misión al planeta del mismo nombre, cuyo estudio dura ya décadas y del cual no se ha conseguido aún desvelar el misterio de su océano. Éste aparenta tener un comportamiento inteligente, logrando que el planeta posea una órbita estable a pesar de pertenecer a un sistema estelar doble; y mimetizando partes de sí mismo para reproducir objetos presentes en el pensamiento de sus exploradores. Hasta que, por motivos que no quedan del todo claros, decide dar un paso más allá y crear versiones perfectamente vivas y tridimensionales de las personas que residen en los recuerdos de aquéllos. Para mayor locura de los que sufren la presencia de tales visitantes, todo hay que decirlo. Llegados a este punto, todo el mundo habla de la llegada del Psicólogo Kris Kelvin a la estación que sobrevuela el océano de Solaris, y de cómo se le aparece un visitante que es en todo igual a su mujer (excepto en que ella estaba muerta, claro), etc, etc. Como si esto, que no es más que la forma, constituyese el fondo de la novela. Recomiendo vivamente la lectura de Solaris, poniendo énfasis en las teorías que van tejiendo los habitantes de la estación, y las lecturas de Kelvin. Por supuesto que las últimas conversaciones de Kelvin con Harey son de por sí interesantes pero, creedme, no reflejan la idea fundamental de la novela.
Siendo 2001 de 1968 (iniciada junto con la película en 1964), cabe preguntarse por qué Solaris (de 1961) no tuvo mayor repercusión que su más conocida competidora. Las causas pueden resumirse en dos: Stanislaw Lem es polaco y, por lo tanto, su obra pertenece a producción del “Este”, menos conocida en el “Oeste”; y 2001 conoció una versión cinematográfica anterior a la de Solaris. La idea de que ambas tratan de ese “primer contacto” con una civilización extraterrestre hace que la comparación sea inevitable, pero sus planteamientos distan tanto que parece imposible que la idea de fondo sea la reflexión sobre la naturaleza del ser humano: introspectiva en Solaris, evolutiva en 2001.
Stanislaw Lem (que tenía 40 años cuando escribió Solaris) trabajó solo en su obra, mientras que 2001 fue prácticamente redactada por el equipo formado por Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick, al ampliar un relato corto del primero. Esto tiene una consecuencia sutil, pero interesante: el mensaje de Solaris está determinado fundamentalmente por el pensamiento del autor, mientras que el de 2001 tiene innegables influencias simbólicas y estéticas propias de un director de cine. Sólo en las primeras páginas de otra de sus novelas, Fiasco, podemos hallar en Lem una capacidad descriptiva comparable e imparable (y un tanto agotadora para mi gusto), de una plasticidad tan patente, que prácticamente es como si estuviéramos viendo las imágenes sucederse ante nosotros. Pero Lem siempre ha tenido la capacidad de sorprendernos con su prosa, sin tener que entrar a describir escenas o emociones con extenso detalle.
Todo hay que decirlo, uno de los factores que ha permitido que Solaris sea conocida por mucha gente es la existencia de una (ahora dos) versión cinematográfica. En efecto, Andrei Tarkovsky la lleva a la gran pantalla en 1972, realizando un curioso ejercicio de reinterpretación de la novela. El director parece tener sus propias ideas de qué es lo esencial de la obra, y decide darle más énfasis a la relación de Kelvin con su visitante (que cree ser Harey), llegando a mezclar lo onírico con lo freudiano en una maniobra que resulta más confusa que esclarecedora. Tal vez con el ánimo de ofrecer un final más redondo, subvierte el mensaje original de la novela para ofrecer otro alternativo, cerrando un ciclo que en la obra de Lem no existe ni puede existir.
En 2002, Steven Soderbergh realiza la nueva incursión en el cine de Solaris, convertida ya no en una versión de la novela sino, a mi parecer, en una versión de la película de Tarkovsky. Sodebergh decide hacer cuantos cambios le parecen oportunos para situar la trama en un contexto futurista más actual, que realmente sólo sirven de vehículo a la historia de amor de Kelvin (encarnado por George Clooney) y Harey (la nueva y la original); añadiendo, eso sí, algunos elementos de, digamos, terror leve, con un cierto simbolismo que recuerda a 2001. El resultado: indescriptible. A pesar de todo lo anterior, he de decir que la cinta se deja ver. No privé al combo Soderbergh-Clooney de darle la oportunidad de ver otra película en la que hubiesen participado: Buenas noches, y buena suerte, que me sorprendio agradablemente.
En definitiva, Solaris es una obra que merece ser leída y estudiada por los amantes de la buena CiFi. Es una novela que, entre otras cosas, trata de la naturaleza humana, de los límites de nuestra comprensión, de la arrogancia con la que a veces enfrentamos a la vida y de nuestra necesidad de relacionar con aquello que conocemos a lo que se nos presenta por vez primera.
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