Desde que internet se hizo popular gracias a la red de hipertexto conocida como www, muchos han sido los intentos por aprovechar este medio para hacer dinero. Pero no todos han tenido el mismo éxito o popularidad. Sirva esta guía como un rápido repaso a los principales.

Desde que el mundo es mundo, el ser humano ha comerciado (o eso nos han hecho creer, al menos). Internet es un medio relativamente nuevo, en el cual algunas reglas del comercio han cambiado, pero otras no: la publicidad es más barata en comparación, por ejemplo, con un medio impreso; pero la facilidad con que alguien puede elegir otro comercio en lugar del nuestro es tanta, que resulta fundamental atraer la atención de los posibles clientes. Pero no a costa de la credibilidad.

Comercio tradicional: una tienda de toda la vida, pero en internet. Un catálogo con artículos y precios. El compromiso de que se servirán a tiempo y una atención, en la medida de lo posible, personalizada. Este tipo de negocios son más fáciles de idear que de llevar a buen término, pues lo primero es hacerse un nombre y ofrecer calidad de servicio… virtual. Es decir, que hay que educar al cliente. Unos han ido bien, otros no tanto, algunos se hundieron por hacer ofertas que no podían mantener. De entre los negocios arquetípicos, la venta de libros y discos parece especialmente dotada para esta modalidad. Ejemplo: Amazon. Yo soy de los que ojean los libros, pero si ya sé lo que busco, este tipo de tienda es perfecta. Incluso se apuntan a eso que ahora llaman la larga cola, esos productos que sólo interesan a unos pocos y que con internet se pueden vender rentablemente.

Los clientes hacen la publicidad: ¿para qué gastar dinero en publicidad, si podemos ahorrárnoslo? Que los clientes satisfechos son los artífices del “boca a oido” ni es nuevo ni es un secreto. Pero que a veces se usan a personas de reputada influencia para convencer a los potenciales clientes de las bondades de determinados productos, sin ser nuevo, ha alcanzado en internet unas cotas realmente elevadas. Primero, con los foros donde se habla de los productos o servicios, posteriormente con campañas más o menos hábiles en las que la gente se “contagia” de una idea y la transmite voluntariamente, como si se tratara de un meme. Pero el cúlmen de la publicidad contagiosa lo ha alcanzado la transmisión involuntaria de dichos mensajes publicitarios camuflados como información. Por supuesto, la efectividad de este método es muy elevada ya que la comunicación goza en este caso de la prioridad de una noticia. Pero, por desgracia, el precio a pagar es muy alto: la pérdida de credibilidad, el convencimiento de que se ha abusado de la confianza y buena fe de los transmisores del mensaje. Un ejemplo relativamente inocuo lo tenemos en la campaña de la MTV que hizo famosa la canción “Amo a Laura” y a la ficticia asociación que estaba detrás de ella.

Los clientes proporcionan los contenidos: vamos a ser claros: a todos nos gusta hablar de nosotros mismos. ¿Y si hubiera un lugar donde poder hacerlo sin ser tildados de charlatanes? Internet es un medio donde podemos explayarnos sin temor a resultar pesados, pues es el visitante el que nos ha elegido a nosotros. Ya tenemos la necesidad pero, ¿cómo convertirla en dinero? Hubo un tiempo en que la gente pagaba por publicar sus contenidos (textos, imágenes, sonidos), y en el plano profesional siempre merecerá la pena el gasto. Sin embargo, el usuario de a pie sólo desea pulsar un botón y escribir (o enviar sus fotos). Esta infraestructura cuesta dinero, y si el usuario no la paga, ¿quién lo hará? Los anunciantes. Un conjunto de páginas de interés especializado son un lugar perfecto para atraer anunciantes enfocados en esa necesidad. Ejemplo: las comunidades de publicación de experiencias personales como MySpace, muy popular entre los adolescentes (y aún más entre los mayores) en EE.UU.; los fotógrafos aficionados (y no tanto) en Flickr; los artistas gráficos en deviantART; o los que simplemente quieren compartir cortos videográficos (propios o ajenos) en lugares como YouTube. Los buscadores de internet entran en esta categoría, pero dado su generalismo, los he excluido de esta lista.

Los clientes proporcionan la infraestructura: este modelo es el más arriesgado, y aún está por demostrar que en su estado puro pueda alcanzar el éxito. Uno podría arguir que internet es la prueba inequívoca de que el modelo funciona; pero me estoy refiriendo a que el usuario final, que puede carecer de conocimientos técnicos profundos y de un marcado interés altruista, sea el responsable último del buen funcionamiento de dicha infraestructura. Probablemente un modelo mixto pueda funcionar, pero aún así, como ya he dicho, está por ver la efectividad. Y la veremos (o no) en uno de los ejemplos más conocidos últimamente de este modelo: Fon. Que tengan suerte y lo cuenten.