Jean Baudrillard: siempre nos quedará tu obra
Hoy es otro triste día en el que la Humanidad pierde a otro de sus representantes de uno de sus valores más preciados: Jean Baudrillard. DEP
Filósofo, sociólogo, pensador, autor de obras polémicas y defensor de principios rara vez comprendidos en su totalidad, nos hizo ver la diferencia entre simulacro y simulación. Hace casi un año falleció Stanislaw Lem, otro de los autores en cuya compañía (por así decir) me sentía arropado y hasta comprendido. De Baudrillard se podían decir muchas cosas, incluso criticar su atrevimiento al quitarle importancia a hechos del mundo real, de los cuales afirmaba que no habían sucedido. Como siempre, una atenta lectura de su obra revelaba una profunda verdad: que el ser humano interioriza la realidad de manera que la suprime por completo, siendo esta versión subjetiva aquella con la que opera en el mundo. Conceptos vertidos en ensayos como La precesión de los simulacros, y que sorprendieron y contrariaron a mucha gente. Gente que, como parece evidente tras un breve análisis, ignoraban la existencia de el mito de la caverna de Aristocles (más conocido por su pseudónimo, Platón) o el capítulo inicial del Dao De Jing, de Laozi (obra y autor también conocidos como Tao Te Ching y Lao Tse); ambas, obras clásicas muy anteriores a nosotros y que explican el mismo principio: la mente inventa su verdad, desdeñando la realidad. ¿Inevitable? Tal vez. ¿Descabellado? Ni por un momento.
Para mí Baudrillard tiene la rara virtud de haber puesto en palabras mis propios pensamientos de cuando tenía unos 14-15 años, justamente en esa misma época. Me sorprendió mucho leerlo tanto tiempo más tarde, y comprender que tal vez yo pensé lo mismo porque la realidad que ambos vivíamos nos llevó por el mismo camino. Pero por aquel entonces yo tan sólo era un adolescente que trataba de comprender el mundo, y él era un sociólogo que ya lo había comprendido. O, tal vez, ninguno de los dos lo habíamos comprendido y necesitábamos poner en palabras nuestros hallazgos. Celebro que él lo hiciera antes que yo. A mí jamás me hubieran creido.
Sin Baudrillard, sin Lem, sin J.L. Coll, este mundo pierde personajes de gran talla intelectual. Otros recogerán el testigo. Pero el listón está muy alto.
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